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El ucraniano Destacado

El ucraniano —cuyo nombre no tiene la menor relevancia— vapuleado por una turba de muchachos que lo condujeron hasta el umbral de la muerte, nos recordó al México bronco o más bien, al mexicano presto al grito de guerra. Ése europeo, ciertamente, no tiene ninguna defensa, como no la tuvo durante el martirio que le hicieron pasar; era abusivo, prepotente, bravucón, discriminador, grosero. Se merecía la tunda.

En los videos que se hicieron profusos una vez que trascendió la paliza que recibió, el tipo es detestable: agrede verbalmente a niños, ancianos y mujeres. Amenaza con decapitarlos e incluso, presume haber violado a una mujer, de la que se burla abiertamente. En otra grabación, sin motivo aparente insulta y reta a sus vecinos. No merecía una, sino mil palizas…

Desde el suceso en cuestión, no he leído una sola frase a favor del sujeto ése. La repulsa hacia sus actos es abrumadora, aplastante. Puede decirse que el ucraniano escribió su propia tragedia, una que tal vez no le sirva de gran lección, dado el extremo fanatismo que profesa por el anquilosado nazismo y porque es muy probable que sufra algún trastorno mental.

El linchamiento del que fue objeto tiene todos los elementos que le dan el tinte de “justificado”. “Merecido”. “Ganado”.

¿Hizo bien una parte de la sociedad de Cancún al tomar la justicia en sus manos? Desde la perspectiva que se le quiera ver, notaremos que tuvo sus razones de peso para actuar como lo hizo. Una autoridad incompetente, procuradores de justicia ineptos, policías incapaces y corruptas e instituciones inmorales y blandengues, se han constituido en factores para que los ciudadanos tomen emprendimiento de métodos populares para encontrar destellos de justicia.

Y no se trata solo de Cancún, el centro turístico más famoso del mundo; sucede a diario en todo el país. No es que espanten y escandalicen los linchamientos, puesto que se han vuelto práctica cotidiana en Baja California como en Jalisco; en Guerrero como en Tamaulipas; en Quintana Roo, como en Nuevo León… ¡En todo México!

Hemos caído en un estado de paranoia colectiva permanente, que cualquier sujeto sospechoso o desconocido en una colonia, un barrio, una comunidad, corre el riesgo de ser linchado. Ya ha ocurrido en varias partes y diversas ocasiones. Se ha asesinado a inocentes, bajo el pretexto de parecer sospechoso o por llevar un carro “parecido” al de tales o cuales delincuentes.

Ese estado emocional de la sociedad ha sido provocado por la falta de competencia de las autoridades para resolver el gravísimo problema de inseguridad y, desde luego, la obligación de combatir la impunidad.

No vayamos lejos: en la ciudad de Tuxtla Gutiérrez, se ha vuelto común ver avisos en los que se advierte a los delincuentes que, de ser sorprendidos por los habitantes de ésta o aquella colonia, serán linchados.

Es a todas luces indebido, pero necesario ante la ineficacia de los encargados de garantizar la seguridad ciudadana. La paliza contra el ucraniano abusivo hubiese sido evitada si las autoridades hubieran hecho caso a las quejas de los habitantes de Cancún, que lo habían denunciado infinidad de veces. Se habría evitado, si el INM, lo hubiese deportado desde que denunciaron su mal proceder.

Como ese, cientos de linchamientos se habrían sorteado, de no ser porque la debilitada e incompetente autoridad, simplemente, no hace nada. Ha privilegiado la impunidad; ha dejado que los delincuentes se enseñoreen de un México cansado de burlas, engaños y saqueos.

La peor noticia es que esto va a seguir. No vemos por ninguna parte, resquicio alguno que nos indique el fin de la moderna era del ojo por ojo y diente por diente. Hagamos números y comparemos cifras, solo de Chiapas, para no enredarnos: feminicidios, dos o tres sentencias. El resto, los asesinos están libres por fallas técnicas en los expedientes.

Asaltos, cuando mucho, 10 sentencias. Violaciones de mujeres, escasísimas sentencias. Crímenes contra periodistas, ni siquiera se han armado los expedientes respectivos. Denuncias contra la corrupción, no ha procedido ni una sola. Eso leyó: ni una sola.

 

Bajo ese esquema, volvámonos inmunes a las consecuencias de los linchamientos. Resolvamos a golpe de garrote el tema de la inseguridad y dejemos que la autoridad relama sus purulencias a fuerza de discursos complacientes. Y que no digan que es apología del delito o incitación al odio y la violencia; es el único recurso, la única alternativa de un México secuestrado por la delincuencia y los malos funcionarios.

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