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Marcos, Abraham Lincoln y la migración

El fenómeno migratorio que observamos en la frontera sur es muy distinto al vía crucis que vivieron los refugiados guatemaltecos que, al inicio de la década de los ochenta, abandonaron su país por un movimiento contrainsurgente que costó la vida de miles de inocentes y acentuó la indigencia en esa nación ya históricamente infortunada.

A diferencia de entonces, cuando la gente sólo huía del terror y de las balas, huía para salvar la vida, en la época actual la frontera sur es sin duda la tabla de salvación en la que principia la odisea hacia la otra frontera, la norte, y de allí preparar el gran salto para llegar a la tierra del dólar, la tierra de Abraham Lincoln.

Esa enorme y extraordinaria importancia que enclaustra la frontera sur de México no había sido reconocida hasta ahora. La jerarquía de ella se soslayó en la inercia, en la apatía, en la abulia de gobiernos que pensaron que nunca la frontera sur podría ser punta de lanza de un enorme conflicto social que, inclusive, atentaría contra la gobernabilidad del país.

Al madurar esa política oficial del dejar pasar, dejar hacer, la frontera sur se transformó en un asunto grave que metió a Chiapas en un enorme brete que en términos sociales ha sido más costoso que el conflicto armado de 1994.

El movimiento zapatista fue en realidad más un show mediático que una guerrilla porque aunque no se pueden soslayar las causas que lo parieron, sólo sirvió para el lucimiento personal de Marcos (hoy comandante Galeano),  para el desfogue de su excentricismo, para exhibir la manicura en sus finas y delicadas manos y, desde luego, para sacar su frustración social en libelos cuya diatriba, rica en fantasía y ridiculeces, llamó la atención de propios y extraños, principalmente de ligas subversivas del extranjero y de la iglesia mexicana admiradora de la Teología de la Liberación encabezada por el Obispo iconoclasta Samuel Ruiz García.

Y si señalamos las asimetrías entre uno y otro caso es porque en lo que concierne a la frontera sur fue una delgada línea que hizo emerger una gran corriente social formada por el flujo migratorio, a estas alturas implacable, pero con otros ingredientes y vínculos que lo hacen un problema controlable para garantizar la seguridad y la vida de los migrantes y el desarrollo en la región, hasta hace algunos años emponzoñada de violencia y de perplejidad.

Hoy la migración humana se da en todo el mundo y a veces con consecuencias funestas. Nuestra frontera no es la excepción. La migración es un fenómeno global.

Por eso es inaplazable que los gobiernos sigan trabajando más allá de discursos y poses demagógicas. Primero para otorgar seguridad a quienes aquí vivimos porque eso es inaplazable.

Y después para asegurar el libre tránsito de quienes por una u otra razón deben desplazarse a otros territorios. Debemos tener en mente que los migrantes son, ante todo, seres humanos con derechos y no se los puede considerar o presentar únicamente como agentes de desarrollo económico.

 

El artículo 13 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos cita: Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado.
(2) Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país.

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