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Ahí está la clave

            El miércoles 18 de enero de 2017 una tragedia cimbró a los mexicanos: Federico, un chico de 15 años de edad,  entró a su salón en el Colegio Americano del Noroeste, en Monterrey, Nuevo León.  A sangre fría disparó una pistola calibre .22 contra una maestra y un compañero de clase. Seguidamente vació el arma contra otros alumnos. Regresó a su pupitre, abrió su mochila, cargó de nuevo la escuadra y se dio un tiro en la boca.

            Hechos de esa naturaleza ocurren con frecuencia en Estados Unidos y nosotros escuchamos o leemos en las noticias con infame frivolidad. De pronto la maldad se ha metido a nuestra propia casa.

             Más allá de buscar culpables por lo que hizo Federico, joven que sabía disparar y cuyo ejemplo lo tomó del mismo hogar, de inmediato se prendieron los focos rojos y las autoridades respondieron con apremio dada las magnitudes de la tragedia y sus connotaciones.

            El riesgo, querámoslo o no, es que ese hecho de Monterrey se replique en otros estados dada la transculturación, la globalización, la influencia de las redes sociales (maldita sea la hora),  el dominio que tiene la música de banda sobre nuestros jóvenes y a la ausencia de valores.

            Vivimos en una sociedad que se nos descompone cada vez más. Parecieran designios apocalípticos que nos advierten, con urgencia, que debemos actuar so pena de que caigamos en una anarquía colectiva en los hogares, en las escuelas, en las calles, en el barrio y en general en toda la nación.

            En Tuxtla, pese a la resistencia de los padres de familia que alegan invasión a la privacidad y violación a los derechos humanos, más allá de la incompetencia y apatía de la inútil Comisión de Derechos Humanos que sólo tiene a un presidente que nos sale demasiado caro a los chiapanecos, las autoridades educativas y policiales llevan a cabo el operativo mochila que hasta ahora ha dado buenos resultados.

            El operativo mochila no es un bálsamo para curar todos nuestros problemas porque, como le decíamos, lo que pasó en Monterrey sólo es resultado de los cambios globales que se dan en el mundo y a la falta de valores morales y cívicos de nuestros muchachos y de las familias.

            Sin embargo, es una buena medida para, en lo posible, garantizar mayor seguridad en las escuelas, más orden, mejor disciplina y mayor convivencia porque nadie quiere más tragedias como las de Monterrey.

            Los maestros juegan un papel fundamental en la formación de nuestros hijos porque ellos son un agente de transformación, para bien o para mal. Pero no olvidemos que la mejor educación que jóvenes  y niños pueden recibir empieza en la casa.

 

            Ahí está la clave.-

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