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En la Mira Por: Héctor Estrada

Tener que leer o escuchar todos los días insultos, denostaciones, agresiones y argumentos 
cargados de odio e ignorancia sobre tu condición de vida no es nada sencillo. Ser homosexual, lesbiana, transexual, bisexual o transgénero en países como México, donde el machismo y la hegemonía religiosa aún pesan con fuerza, es un acto de valentía y determinación por vivir a plenitud contra corriente.

Asumirse públicamente LGBT es una decisión que cuesta, afortunadamente cada vez menos. Es una condición con la que se nace, muchas veces contra la que se lucha y la que finalmente se asume, tras una disputa interna para aceptarse y amarse tal cual se es, ante un mundo listo para señalarte, enjuiciarte y estigmatizarse por algo que simplemente no se decidió y está en esa naturaleza que configura de origen a los seres.

No se equivoquen. La diversidad sexual ha existido a lo largo de la historia. Desde las culturas más ancestrales como los Sumerios, los chinos, las civilizaciones prehispánicas y los griegos. Su presencia en los registros históricos (de sustento científico) es tan numerosa y extensa como la humanidad misma.

Su existencia es incluso más antigua que los dogmas religiosos responsables de satanizarla, estigmatizarla y condenarla. Tal como sucedió como otros sectores poblacionales que ponían en riesgo la hegemonía patriarcal de los liderazgos religiosos.

NO SE TRATA DE UNA MODA. Se trata de un nutrido grupo poblacional que ha perdido el miedo; que ha dejado de sentirse avergonzado de ser como es; que está dispuesto a salir de las sombras donde muchos prefieren verlos atemorizados. Que está dispuesto a salir a defender su libertad y exigir sus derechos, aunque se vaya de por medio la tranquilidad, la seguridad, la afinidad de seres amados y, en varios de los casos, la vida misma.

Y de verdad que no es una exageración. Así lo demuestra el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED) en su última encuesta (ENADIS 2010). En dicho estudio, seis de cada diez personas encuestadas preferirían no vivir con una persona LGBT.

El 50 por ciento de personas LGBT reportan haber sido discriminadas en algún momento de su vida, mientras que un porcentaje muy amplio de esta comunidad continúa excluido del acceso a la seguridad social cuando viven en relaciones de pareja estables y sin ningún vínculo legal.

De acuerdo con el más reciente informe de la Comisión Ciudadana contra los Crímenes de Odio por Homofobia (CCCOH), en los últimos 20 años (entre 1995 y 2015) se han registrado mil 310 asesinatos por odio homofóbico en 29 entidades del país, aunque se estima que por cada caso reportado hay tres o cuatro más que no se denuncian. Lo anterior coloca a México como el segundo país con la mayor incidencia al respecto. Y no son cifras que sorprendan mucho.

La existencia de un Estado débil, manipulable y sometido a grupos religiosos capaces de condicionar votos para sostener sus privilegios mantiene en pleno siglo XXI a un importante grupo de la población en el rezago y la vulnerabilidad en lo que respecta a la protección y aplicación efectiva de sus derechos humanos.

El Estado ha sido omiso en sus obligaciones y eso ha sido causa del complicado escenario que hoy se vive.

De nada sirven las garantías constitucionales de Estado laico, no discriminación e igualdad ante la ley mientras sigan siendo utilizadas sólo como elemento de negociación política dentro de los tres “Poderes de la Unión”. Las marchas, manifestaciones y luchas sociales serían realmente innecesarias si el Estado cumpliera sus obligaciones de ley. Pero no es así.

La violación a los derechos humanos de la población LGBT es sistemática. La clase política se ha vuelto cómplice de la segregación, dispuesta a ser expuesta ante las últimas instancias jurisdiccionales con tal de no reconocer derechos que podrían restarle votos a la hora de saltar nuevos cargos públicos.

Las luchas sociales no son sencillas. Duelen, cuestan e incomodan, sobre todo a quienes se sienten dueños de la verdad absoluta. A quienes están dispuestos a pelear para que los diferentes sean tratados como iguales y sus leyes de vida pesen incluso sobre quienes piensan distinto.

La convivencia humana se sustenta precisamente en el respeto a las diferencias, como parte de la naturaleza misma, donde todas y todos tengan derecho a ser, amar y vivir con dignidad… así las cosas. –

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