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Paro de pitos Destacado

 

El fútbol. ¡Ah, el fútbol! Ese fenómeno social avasallante; ese deporte popular que genera 
emociones multitudinarias, pasiones degenerativas y negocios multimillonarios. Ese sin el cual, un altísimo porcentaje de la sociedad, no tendría el contentamiento eficaz para el olvido de contrariedades íntimas.

Ese mismo que paralizó millones de gargantas el pasado fin de semana, cuando el gremio arbitral determinó parar todos los pitos, en protesta por la blandengue sanción a dos futbolistas que agredieron —o intentaron agredir— a dos silbantes. Al final, como todos saben, la crisis se solventó imponiendo a los agresores, el castigo que dicta la normativa… Y todos felices de nuevo. 

Pero, ¿eso acaba con la profunda crisis del deporte en el país? ¿Otorga confianza y credibilidad a dueños de equipos, directivos, cuerpos técnicos, jugadores, árbitros? No. La rebelión de los jueces del fútbol, ha sido apenas la punta del iceberg que nos indica que el peligro, es mucho mayor del que se cree. 

Constituido el futbol en la herramienta social para aminorar la presión sobre los problemas políticos del país, debería ser puesto a salvo. El vocablo “debería”, ajusta porque es un deseo, quizá solitario, ante la realidad que es contraria y pavorosa: el fútbol permanece secuestrado por empresarios sin escrúpulos, que practican cierto tipo de esclavitud sobre cientos de jóvenes deportistas. 

Ello ha desatado infructuosos intentos por crear un sindicato de futbolistas que proteja los derechos humanos, económicos y profesionales de éstos. En ese contexto, ha regido más el poderoso dinero de los dueños de los equipos incluso, sobre las leyes del país que garantizan plena libertad a los ciudadanos y castigan abusos que vulneren la seguridad jurídica de todos.

La “venta” de jugadores inter-equipos y en clubes de otros países, no es otra cosa que trata de personas, amparada en criterios que rebasan normas relacionadas con los derechos humanos. En esas transacciones, el jugador no tiene oportunidad de nada. Hemos escuchado declaraciones de muchos de ellos, mostrando su desacuerdo en ir a tal o cual equipo; otros, a modo de castigo, son enviados a clubes pequeños, donde su desarrollo profesional será nulo. 

De ahí se han generado cuestionamientos severos que han sido desoídos por directivos y autoridades. Siendo el fútbol la válvula de escape a la terrible crisis política y social, ha sido dejado en el abandono, a pesar de la generación de millones y millones de dólares en ganancias… para los empresarios y algunos gobiernos que se han apropiado de ese deporte. 

No vayamos lejos: la franquicia radicada en Chiapas (Jaguares), ha sido el ejemplo más claro del mal trato que los directivos dan a ese sector. Los sueldos les son retenidos constantemente. Las ganancias arriba mencionadas, no se reflejan en el buen desempeño de los jugadores, lo cual es lógico: “no pagas bien ni a tiempo, no trabajo ni rindo como quieres.” 

Desde esa perspectiva, hay que decir que todo el deporte está contagiado. Y más, el que depende de instituciones del Estado. Los pasados Juegos Olímpicos de Brasil, así lo demostraron. La corrupción ha invadido al deporte nacional. Ahí están los resultados de las selecciones nacionales en diversas ramas y categorías. 

Sobre eso está el mandato incontestable de las dos cadenas de televisión más grandes del país. Tratándose de fútbol, son los dueños de ambas empresas los que imponen directores técnicos del seleccionado y emiten órdenes sobre quienes deben componer el cuadro titular. Todo, de acuerdo a sus intereses financieros, nunca a favor de la gloria de nuestro deporte. 

De hecho, la defensa de los dos jugadores protagonistas del affaire que llevó al paro de pitos de la semana pasada, no se había dado en los tribunales deportivos, sino desde las cámaras y micrófonos de las aludidas. Porque así convenía a sus intereses, no al interés del aficionado que, con todo y las pifias en ese aclamado deporte, sigue llenando los estadios.

En lo tocante el asunto futbolero, lo que viene debe ser para mejorar y ofrecer un espectáculo distinto. Para lograrlo, debe prevalecer el respeto. Sí; respeto de todos lados. Porque los árbitros, no son la Santísima Trinidad. No son infalibles. Muchas veces, pitan a capricho de ellos mismos, de su gremio o a instancia de algún equipo en particular. Dicho de otra forma, cuando un árbitro se equivoque deliberadamente, también debe ser castigado.

 

Los jugadores por su parte, deben cumplir con el reglamento en vigor. Y claro está, rendir de acuerdo a sus capacidades. Jesús Corona, seleccionado nacional y portero del Cruz Azul lo definió muy claro: “El respeto debe ser recíproco.” No hay otra forma de lograr un fútbol más digno. 

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