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Dr. Antonio Cruz Coutño

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Florentino en sus ensayos

Lo que padecemos en Chiapas y en México es exactamente lo mismo que ocurre hoy a escala mundial: crisis prolongada, crisis profunda. Crisis económica, social, política, moral e intelectual.

La globalización capitalista hunde sus garras en los estados nacionales, interviene nocivamente nuestras sociedades; incluso las pequeñas y apartadas comunidades rurales, campesinas e indígenas.

Y sucede que los caminos para escapar de esta fatalidad se agotan. Sólo es posible construirlos, o rehabilitarlos desde abajo, con y para los que ahí habitan, los que aquí habitamos.

Esto pareciera decirnos el buen Florentino Pérez y Pérez en su más reciente aportación didáctica, la que se suma a los nueve o diez libros de su autoría; éste, el que reúne sus reflexiones sobre la naturaleza del conocimiento, del lenguaje y de la cultura. Éste, que con la simple coloquialidad que le caracteriza, con su palabra fértil y su don de gentes —aunque en ocasiones con aquellas ideas y conceptos que invitan a desentrañar el sentido, el contenido y la esencia de las palabras—, hurga y escudriña, tanto preceptos, preconceptos y definiciones lúcidas, académicas, como las experiencias de su propia vida, sus viajes, amistades y lecturas…

Tan sólo para posicionar sus ideas, su pensamiento, en el ámbito de la imbricación profunda existente, entre naturaleza, ciencia y experiencia, triada que va, del conocimiento experiencial a la ciencia de los laboratorios, la estadística y el cálculo, para volver a las esencias de la naturaleza, al espíritu y a las sensibilidades humanas, a la estética, al arte y a la literatura.

Al Florentino, al Flore, al pedagogo, al maestro en didáctica y formación de individuos, al doctor en Administración Pública, pero sobre todo al profesor, al maestro y al amigo, yo en verdad le conozco desde mediados de los ochenta.

Cuando como en tantas ocasiones él colabora con alguna institución educativa, mientras yo contribuyo a la formación de FORTAM, pionera institución del Estado local, abocada a la capacitación y en cierto modo tutoría de las administraciones municipales.

Cuando con motivo de un congreso nacional sobre cultura popular y fronteras, nos encontramos para colaborar desde Chiapas en su organización. Ello no obstante que aquí mismo se afirma, que soy conocido por él, desde que apenas estudiaba la licenciatura, a través de mis primeros pergeños en las páginas fundadoras del nuevo periodismo chiapaneco, el Número Uno, del gran coleto fundador de diarios, don Jorge Díaz Navarro.

Y desde ahí conozco casi todas sus facetas, entre ellas ésta, la de escribidor y buen lector. Lectura y escritura que hoy, a pesar del largo transcurrir del tiempo y las múltiples innovaciones científico-técnicas, siguen siendo —la lectura y la escritura— las habilidades excelsas, centrales; las tecnologías e instrumentos idóneos para acceder al conocimiento.

Para detenernos ahí y cultivarlo. Para amplificar su potencia y producir aquellas nuevas sapiencias, las que se supone deberían conducir a la humanidad a su prosperidad, a su felicidad y armonía. Y esto ocurre al nivel general, desde las perspectivas del Occidente flamante y del Oriente irredento. No así, desafortunadamente, en el caso de nuestras sociedades pobres, subdesarrolladas —africanas, americanas y asiáticas—, todas ellas de origen ágrafo y pre-escriturales, en donde leer y escribir es aún hoy, una cuestión accesoria.

El lenguaje articula al conocimiento y la cultura, afirma Florentino; los idiomas, las lenguas y las voces que desde su surgimiento en la garganta y en la lengua de sus primeros portadores, los transforma así mismos en personas, seres humanos, sujetos sociales y de la historia. Y desde ahí arranca Florentino sus reflexiones diversas; especulaciones que junto con las de los variados autores que trae a su discurso, integran este volumen.

CITAS BÍBLICAS...

Desde una crónica reflexiva sobre alguna conferencia académica, hasta dos ensayos verdaderamente conceptuales; desde muy variados epígrafes suculentos, citas bíblicas y de autor, hasta una carta al recordado maestro don Ángel Robles Ramírez; desde un diagnóstico y las líneas centrales de un modelo de intervención pedagógica, hasta una sabrosa crónica de viaje; desde un artículo cercano a la crítica cinematográfica, un prólogo y un control de lectura, hasta dos apuntes biográficos formales.

Esto es, tal como advierte el amigo Florentino: cede a la tentación de expresar sus premisas intelectuales, evadiendo el “orden prescrito por los cánones literarios e ideológicos, asociados a la organización y a la exposición típica de los saberes”.

Aunque, para nuestra satisfacción y la suya, logra dar vida a su reto: con habilidad y maña, entreteje a partir de estos materiales, la urdimbre que produce finalmente un buen ensayo general. Reúne textos que a ratos bordean el ensayo literario y en veces el ensayo científico, este último provisto de las citas y el aparato crítico tradicional.

Subdivide el contenido en dos secciones, segmenta cada una de ellas en sus varias partes constitutivas, llama a sus colegas a redactar los exordios de esas partes, incluye en cada porción la bibliografía consultada y, aunque hace falta un colofón o conclusión, elabora una introducción general. Y claro, como era de esperarse, ello da como resultado, el ensayo sui géneris que aún faltaba a la escrituración del rumbo.

No por nada, al tiempo que sus textos están permeados de análisis, reflexión y vida, narran de poquito a poco, el tránsito desde los preceptos duros, conceptuales, acerca de la filosofía que ha acompañado la generación de los conocimientos occidentales, y las teorías que intentan explicar e incluso pontificar su producción y su innegable valor, hasta aquellas pequeñas muestras empíricas tangibles del saber ordinario, cotidiano; pasando por la crítica de las primeras, a la luz del nuevo pensamiento holístico, integral, relativamente subjetivista aunque profundamente humano; aquellas propuestas intelectuales —entre ellas las de algunos latinoamericanos— que incorporan los saberes de la vida cotidiana, la fenomenología ordinaria, la estética, la ética y la moral, e incluso la creatividad artística.

Y algo por demás extraordinario: que tales contribuciones alientan la posibilidad de salvar a la humanidad y al mundo… del caos, de la incomunicación comunicativa, del subempleo y la delincuencia, del consumismo atroz y de la sociofagia en curso, motores primordiales de la globalidad contemporánea, de la globalización y el capitalismo salvaje.

Dos ideas finalmente, amigos, encuentro igualmente substanciales: una, que explícitamente aunque a veces entre líneas, se observa en los textos la justa ponderación de la experiencia y los conocimientos ancestrales de los pueblos y comunidades campesinas e indias, incorporando incluso los diversos pensamientos mágicos, y dos, que todos los presentes, deberían aprovechar la oportunidad del descuento ahora, para comprar el libro y leerlo; o broncearse con él, o bien digerirlo a cucharadas y de poco a poco.

Otras crónicas en cronicasdefronter.blogspot.mx

 

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Racismo, a nuestro pesar

·        Y hay consejas “clásicas” que nos retratan de cuerpo entero: “no tiene la culpa el indio sino quien lo hace compadre”, decimos aún, frecuentemente. Refranes y otras expresiones racistas, que espero pronto traer a colación.

 

Los de mi generación, siendo aún pequeños, no reparamos nunca en las formas y comporta­mientos racistas de nuestras familias, incluidos nosotros mismos.  Me refiero a quienes fuimos niños a finales de los cincuenta y principios de los sesenta, establecidos a lo largo y ancho del valle del Grijalva, la tierra caliente.

Nos parecía la cosa más natural del mundo nombrar con las palabras “indio”, “chamula”, “muco” y “cushte” a quienes no vestían ni hablaban como nosotros, así sus ropas fueran más elegantes que las nuestras, y confundiéramos a oaxaqueños con guatemaltecos.

Sabíamos que “bajaban” de la tierra fría, de Los Altos o de La Sierra y que allá vivían a sus anchas. Que venían a trabajar como asalariados en las labores agrícolas, o a “alquilar” tierras de labor bajo el régimen de aparcería. Acampaban en las fincas y en los ejidos entre junio y julio para sembrar maíz, frijol y calabaza, y luego entre noviembre y enero, regresaban a sus pueblos con provisiones y plata.

Traían de vez en cuando, duraznos, manzanas, peras y camotillos. Los vendían de casa en casa, aunque en ocasiones, recuerdo, ponían su tendal frente a la Presidencia, o junto al Parque.

Los varones adultos usaban caites o botas de hule, las mujeres y niños iban descalzos y, yo creía —así me habían enseñado en la casa, en el colegio y en la calle— que era natural que durmieran en el suelo, que fueran analfabetas, que percibieran salarios menores que los de la gente del pueblo, que se emborracharan con posh hasta la ignominia, y que sólo comieran tortillas tiesas, chile, frijol y guash.

Nos habían dicho que mientras nosotros bebíamos pozol de cacao dulce, ellos tomaban el suyo, arranciado o agrio.

Creía que todo eso era normal. Que los mestizos o ladinos del pueblo, éramos, válgame Dios, finos, educados y superiores. Incluso llegué a pensar con los amigos de la cuadra, que los indios eran una variedad o especie diferente de personas.

O sea, que llegamos a creer a pie juntillas, que no eran como nosotros y, al igual que otros antes, decidimos que los hablantes fuereños de otras lenguas, diferentes en su ropa, en sus alimentos y en todo lo demás, fueran por lo menos torpes. Sí. Torpes. ¡Ah…! Entonces es eso, pensábamos. Por eso es que no saben y no aprenden a hablar como nosotros. Por eso a la iglesia del Señor de Las Misericordias, llegan sólo a medio día, cuando todo está en silencio…

Y sí. Veíamos que no rezaban como nosotros. Sus soliloquios eran una mezcla de clamor, lloriqueos y canto, y bebían aguardientes mientras se consumían sus velas. Los niños siempre andaban moquientos, con sus caritas sucias, y las mujeres no usaban justanes ni pantaletas debajo de las enaguas. De acuerdo con esta visión, era obvio que a esa gente la veíamos con una mezcla de compasión y repugnancia.

Así que la exclusión y el menosprecio hacia ellos, característica de la discriminación racial, e incluso de la discriminación cultural, fue para los de mi generación cosa habitual, casi sagrada. Determinada por los usos y las costumbres imperantes y, en general, por el contexto y la historia regional.

Sin embargo, también es cierto que tal racismo, al menos en la zona central, nunca llegó a actitudes de extrema exclusión e intransigencia; como aún hasta hace poco, se observaba en algunos ámbitos, hoy cada vez más achicados, en las ciudades ladinas alteñas, rodeadas de pueblos indios.

Me refiero a Sxbal, Teopisca, Comitán, Altamirano, Ocosingo, Chilón, Yajalón y etcéteras, en donde injusticia y arbitrariedad fueron el pan de todos los días, desde la época de la Colonia. Además de la exaltación identitaria de los mestizos, autoproclamados cashlanes.

Ni a dónde ir para esconder nuestros desplantes y actitudes. Ni cómo esconderlas si forman parte de nosotros mismos… Somos racistas insisto, y ello se observa aún hoy, tras veinte años del último levantamiento de los pueblos indios.

Fácil es aún escuchar en la conversación de la calle: “bobo el indio”, “alzado el indio” o “ya parecés chamula, vos”. Incluso recién escuché que alguien le preguntó a otro —Oí… ¿llegó gente? —No, contestó aquel— puro indio.

 

Y hay consejas “clásicas” que nos retratan de cuerpo entero: “no tiene la culpa el indio sino quien lo hace compadre”, decimos aún, frecuentemente. Refranes y otras expresiones racistas, que espero pronto traer a colación.

Lucha magisterial y nueva cultura

El 17 de septiembre encontramos en algún grupo de uasap del que formamos parte, un mensaje que de pronto nos pareció ordinario, gastado e incluso provocador. De esos que dan ganas de borrar, marcar con un “¡Pero cómo fastidian!”, o señalar con las frases “No me gusta” o “No estoy de acuerdo”. Aunque… para nuestro infortunio, los usuarios de las redes sociales no disponemos, para expresar tales ideas, del icono del pulgar y puño hacia abajo, el mismo que servía a las autoridades del imperio romano, para indicar que el contrincante vencido debía ser rematado por el vencedor.

            El mensaje de 63 palabras tiene dos garrafales errores de ortografía, dos conectores de más, y varias comas y dos puntos en donde no deben ir, o en donde su lugar debería ocuparlo un punto. Todo el texto va en letras altas, sin tildes, cuando ya, todas las academias españolas del mundo han asumido que hasta los letreros mismos, en altas y versalitas, deben ir acentuados. La última oración está marcada con letras cursivas y… toda la cláusula va acicalada con viñetas redondas, azules y rojas, dos manos que escriben y un par de asteriscos. El texto pretende la ironía, la chanza y hasta la burla en contra de los maestros de la CNTE, tras el paro magisterial de más de 120 días; el más largo en la historia de la educación en México.

            El mensaje aludido, es el siguiente, si bien hemos tomado la libertad de corregir y agregar, mediante corchetes, algunos vocablos para facilitar su lectura. Reza así: “Maestro. Ahora que ya estás laborando, recuerda no comprar en Walmart, [en] Soriana, [en] Fábricas de Francia [y] en Liverpool; no ir a las plazas que bloqueaste, no consumir productos de empresas trasnacionales como Cocacola [y] Sabritas. Consume productos de pequeños comerciantes, locatarios de [los] mercado[s]. Consume productos mexicanos naturales. Que la lucha contra el capitalismo no sea batalla olvidada. Hagamos de ella un estilo de vida”.

            Leo y releo la nota, y observo en ella una idea notable, verdaderamente plausible: no obstante la imposibilidad de producir o al menos conducir la derogación de las reformas constitucionales asociadas al campo educacional… tal cual son, la CNTE y en general los profesores de Chiapas, Oaxaca, Michoacán y Guerrero, e incluso el magisterio del Sindicato Nacional en su conjunto, debían impulsar en sus actos individuales y colectivos; en las aulas, en su discurso pedagógico y en las tareas propiamente escolares, una nueva cultura, la cultura del consumo informado, racional y crítico; la cultura de la racionalidad, la producción orgánica y la preservación de los recursos naturales.

            Toda la experiencia acumulada durante esta larguísma jornada; toda la concienciación que para sí han construido los maestros respecto de los grandes males de la Nación, expresados en las empresas trasnacionales, el gran capital y la corrupción gubernamental, pudieran ser canalizadas (experiencia y concienciación) hacia una especie de campaña permanente; lucha frontal en contra del gran capital y el sistema imperante. Disputa frontal contra la mundialización financiera y sus efectos; globalización en tanto que forma o fase ulterior, renovada del capitalismo.

            En otras palabras, colegas profesores: enseñar y construir con el ejemplo eso que buscamos todos, o algunos… probablemente los más educados:

            No al cultivo y consumo de transgénicos. 2. No a los autos y otras manufacturas altamente contaminantes. 3. No a las industrias depredadoras del agua dulce. 4. No a las grandes hidroeléctricas que diezman el medio ambiente y nuestros referentes culturales. 5. No a las minas a cielo abierto pues afectan la salud y los recursos naturales. 6. No a las trasnacionales sino a las marcas locales-regionales. 7. No a la promoción y al consumo de alimentos chatarra (las mencionadas aguas negras dulcificadas, refrescos embotellados y botanas sintéticas), sino a los productos orgánicos de la tierra. 8. No a las gigantescas plazas comerciales sino a los tianguis y mercados públicos y, sobre todo: 9. No a la corrupción y sí a la transparencia pública y a la rendición de cuentas.

            En síntesis: Podrían oponerse los maestros, y oponernos todos, la sociedad entera, en los hechos y en la práctica social —praxis individual y colectiva—, a la trasnacionalización del gran capital y a la globalización de los mercados. Esto, sea de paso plenamente aclarado: sin claudicar en sus demandas laborales y organizacionales, que más adelante seguramente replantearán. De modo que los maestros y el movimiento magisterial, aquí y ahora, en el Suroccidente de México, estarían llamados a liderar esta Nueva Cultura… para no desperdiciar lo hasta hoy ganado en términos de conciencia sindical e impacto favorable hacia y desde la sociedad.

            Por lo demás, y ya como colofón, van dos ideas: 1. Aquí y en la República Popular China, en las antiguas Grecia y Roma, y en los contemporáneos Japón y Estados Unidos, las tareas concernientes a la enmienda constitucional, las reformas profundas, la institucionalización de las leyes y su derogación o revocación, son y han sido, desde la institucionalización de la democracia, oficio que corresponde a los representantes válidos: diputados, senadores, asambleas o congresos. No a los ejecutivos, premieres, primeros ministros o presidentes.

 

            Por desgracia, es y sigue siendo ahora un reto enorme para el Estado Nacional, la reconducción de la o las políticas públicas abocadas a la educación nacional. Ello con total independencia de los colores, intereses e ideologías partidarias que lo gobiernan. Urge la restitución de la rectoría del Estado, ahí, en aquellos ámbitos en que, por negligencia y desidia institucional, se haya de cualquier forma perdido.

De cantinas y cultura

Hace algún tiempo, conversando con Oscar Palacios, Oscar el escritor, el Premio Chiapas; litigando con él y otras entrañables personas, Florentino Pérez, Toño Durán y los dos Marcoantonios, apretujados alrededor de una mesa, no de las de 70 por 70 aunque cercanas a ellas, me comprometí a esto: a escribir lo que dictara esta memoria y lo que fuera encontrando sobre el ambiente, el barullo, los aromas y sabores; los rostros que se ven o imaginan en las cantinas santas, los bares, abrevaderos y conexos. Sí. En las cantinas. En donde se cura la cruda, se olvida la soledad, nos inventamos queridas, se alivia el mal de amores y se quebrantan las enfermedades del corazón.

Y es que… apresuramos ese día al buen Oscar, nada menos que a escribir una novela en donde sus picudos personajes fueran ubicados en los más extravagantes bares y pulcatas del sur-sureste del país.

En la antigua Frontera Díaz hoy Suchiate, en donde lo característico son los traileros, los tratantes de muchachitas, las putas de minifaldas exiguas, el polvaredal y las cervezas guatemaltecas Gallo. O en Playas de Catazajá, en donde es fácil ya, conseguir las cervezas Montejo y Carta Blanca —ambas de manufactura yucateca—, acompañadas de salpicón de pejelagarto, trocitos agridulces de tortuga, y claro, la infaltable compañía de camareras de minifaldas y delantalcitos blancos.

O… ¿Por qué no situar a los personajes de esta novela, junto a la barra de La Oaxaqueña, el abrevadero de los viejos sancristobalenses? Para recordar con ellos los curaditos de durazno, de membrillo y ciruelas, los trocitos de chicharrón y las cuñitas rebosantes del consomé de camarón seco; esas miniaturas clásicas de la botana de los coletos.

En fin, lo cierto es que como ahí decíamos, Chiapas como todos los pueblos de México, Centroamérica y el resto del mundo tiene a sus cantinas, aunque también sus desplumaderos, resguardados de la maledicencia pública. Los tiene como lugares poco menos que sagrados, como fueron en su momento los baños públicos romanos y como son ahora esos centros de agasajo a los que están acostumbrados los japoneses ricos, con geishas, saunas y sensualidad a mares; o el caso de China y el mundo asiático, plagado de tugurios clandestinos con camas duras en donde se solazan los fumadores de opio.

En nuestros bares y cantinas entonces, se compendia la vida y explosionan mil catarsis. Se aplican las mejores sicoterapias de amigos, se recrean las costumbres, las tradiciones y eso que en general llamamos “cultura” y ¿Cómo no, si en algunos casos ocupan casas viejas, hermosas, portadoras de tradiciones constructivas, arquitectónicas? ¿Cómo no, si la variedad de sus aderezos y botanas nos llevan a la perdurabilidad de nuestras costumbres culinarias?

¿Cómo no, si en ellas se escuchan y cantan las letras de la bohemia, el viejo romancero mexicano, las canciones de Aceves Mejía y José Alfredo Jiménez? ¿Cómo no, si ahí, en estos santuarios, se reproduce y oxigena día a día una parte importante de lo que somos, de lo que nos identifica como pueblo, nuestra cultura, nuestra identidad?

En las tabernas y cantinas no sólo se recrea el placer de la buena conversación y el uso de nuestra mejor habla corriente. Hacemos negocios, arreglamos entuertos, construimos proyectos, concluimos pactos y compromisos. Enhebramos intrigas y componendas, conjuramos y subvertimos el orden, buscamos pleitos y hasta sorrajamos a los más necios. 

Mentamos madres, nos la mentamos y luego complacidos, nos damos las paces. Encontramos a viejos conocidos, restablecemos las amistades perdidas, mandamos a la chingada nuestras rencillas, maquinamos turbias intenciones, aclaramos nuestros “malos entendidos” y componemos el mundo. Maldecimos sin tapujos al gobierno y en especial a los políticos infames. Vemos la vida de color de rosa, conspiramos hasta en contra de nosotros mismos como dicen que dijo alguna vez el buen Fidel Yamazaky y hasta nos abrazamos para decirnos amigos.

 

¿Qué otras credenciales y atributos podrían ser superados por éstos, para no afirmar que nuestras cantinas son centros psicopedagógicos de primera, e incluso salas de promoción y reinvención de la cultura? Digo, para no expresar en voz alta que en algunos casos, podrían superar a las mismísimas municipales casas de cultura. Y ya, no digo más, pues hasta eufórico me estoy sintiendo. Ya habrá tiempo para ir de cantina en cantina; para contagiarles el rico sabor de las patitas envinagradas, las tostaditas turulas, las sudorosas helodias y los desempances de antología. Ir y venir por esos aguajes de Dios en donde abrevan sus ángeles y demonios.

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