Eduardo Ramírez se reúne con integrantes del Consejo del Grupo San Francisco de Asís
- Publicado en Política
Te puede interesar
¡Invierte con Mercado Pago y haz crecer tu dinero al máximo!San Cristóbal de Las Casas, 08 de enero de 2026.– La presidenta municipal, Mtra. Fabiola Ricci Diestel, dio a conocer temas prioritarios del Ayuntamiento, entre ellos finanzas públicas, turismo, seguridad y servicios, destacando el cierre responsable del último año de gestión 2025.
Durante su intervención, informó que su administración solicitó auditorías a la Auditoría Superior de la Federación, a la Auditoría Superior del Estado y una revisión profunda del SAT, en las que se detectaron anomalías de la administración anterior. En total, se realizaron siete auditorías: tres federales y cuatro de la Auditoría Superior del Estado, lo que permitió identificar créditos fiscales y adeudos heredados correspondientes a los años 2020 al 2024.
Derivado de estas revisiones, el Ayuntamiento realizó el pago de 51 millones 467 mil 457 pesos con 54 centavos, por concepto de créditos fiscales, multas y adeudos, lo que representó un impacto en las finanzas municipales. No obstante, la alcaldesa destacó el respaldo del Gobierno del Estado, que permitió solventar estos compromisos y cerrar el año sin deudas vigentes.
Acompañada de la tesorera del Ayuntamiento, Dra. Georgina Alcázar Nájera, Ricci Diestel subrayó que el municipio mantiene finanzas públicas estables, sin observaciones por parte del Congreso del Estado ni de la Auditoría Superior de la Federación en el periodo actual. Reiteró que se continuarán solicitando auditorías para garantizar transparencia, rendición de cuentas y claridad financiera ante la ciudadanía.
San Cristóbal de Las Casas H. Ayuntamiento 2024-2027
#diarioprensalibrechiapas
Fabiola Ricci Diestel
#sancristobaldelascasas
#sancristobal
#sancristobaldelascasaschiapas
Por décadas, el gobierno cubano ha sostenido su legitimidad sobre conquistas sociales reales. Sin embargo, esos logros —educación, salud e igualdad— terminaron funcionando también como un eficaz mecanismo de control político y blindaje frente a cualquier crítica.
Desde 1959, la Revolución Cubana construyó un relato basado en aciertos innegables. La alfabetización masiva, el acceso universal a la salud y la reducción inicial de desigualdades marcaron una ruptura con el pasado y otorgaron al nuevo poder un fuerte respaldo popular. Pero con el paso del tiempo, esos logros dejaron de ser políticas públicas evaluables y se transformaron en pilares intocables de un discurso que justifica todo y cuestiona nada.
La educación y la salud, presentadas como símbolos de justicia social, dejaron de ser derechos perfectibles para convertirse en argumentos morales absolutos. Cualquier crítica al modelo económico o político pasó a ser deslegitimada bajo una fórmula repetida: “sin la Revolución no existirían estos logros”. Así, el debate quedó reducido a una falsa dicotomía entre apoyar al sistema o “querer destruirlo”.
Este mecanismo permitió algo clave: confundir el Estado con la Revolución y la Revolución con el país. Criticar al gobierno se volvió, discursivamente, criticar a la nación.
Mientras el discurso oficial insistía en la eliminación de las élites y la burguesía, en la práctica se consolidó una nueva clase dirigente. Altos cargos del Partido, las Fuerzas Armadas y conglomerados empresariales estatales concentraron poder político y económico, con acceso privilegiado a divisas, bienes y oportunidades vedadas a la mayoría.
La igualdad dejó de ser un objetivo real y pasó a ser una consigna funcional: se proclamaba hacia abajo mientras se negaba hacia arriba. El resultado fue un sistema donde la desigualdad no desapareció, sino que se volvió menos visible y menos cuestionable.
En el plano externo, los aciertos sociales sirvieron como escudo diplomático. Cuba logró posicionarse como “excepción moral” en América Latina: un país pobre pero digno, austero pero justo. Esto permitió minimizar denuncias sobre represión, falta de libertades y fracaso económico, bajo el argumento de que “al menos” se garantizaban derechos básicos.
El mensaje fue eficaz: los fines justificaban los medios, y cualquier señalamiento crítico podía ser descartado como ideológico, imperialista o malintencionado.
En lo interno, el discurso de los logros operó también como una forma de control social. En un contexto de escasez permanente, el Estado se presentó como único garante de lo básico, generando una relación de dependencia: cuestionar al sistema implicaba arriesgar lo poco que se tenía.
Así, los aciertos iniciales ayudaron a construir un pacto implícito: seguridad mínima a cambio de silencio político.
Más de seis décadas después, los logros siguen siendo invocados, pero ya no alcanzan para ocultar una realidad marcada por salarios de pobreza, deterioro institucional y migración masiva. Aquello que nació como justicia social terminó funcionando como coartada ideológica para la concentración del poder.
El balance histórico es difícil de esquivar: Fidel Castro ganó la Revolución, pero perdió el país. Consolidó el poder y sostuvo un relato eficaz, pero no logró construir una nación próspera, sostenible y abierta para las generaciones que le sucedieron. Los mismos aciertos que le dieron legitimidad al proyecto terminaron siendo utilizados para impedir su corrección, convirtiéndose —paradójicamente— en el principal obstáculo para el cambio.