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Los logros que blindaron al poder: cómo la Revolución convirtió sus aciertos en un sistema de control

Por décadas, el gobierno cubano ha sostenido su legitimidad sobre conquistas sociales reales. Sin embargo, esos logros —educación, salud e igualdad— terminaron funcionando también como un eficaz mecanismo de control político y blindaje frente a cualquier crítica.

Desde 1959, la Revolución Cubana construyó un relato basado en aciertos innegables. La alfabetización masiva, el acceso universal a la salud y la reducción inicial de desigualdades marcaron una ruptura con el pasado y otorgaron al nuevo poder un fuerte respaldo popular. Pero con el paso del tiempo, esos logros dejaron de ser políticas públicas evaluables y se transformaron en pilares intocables de un discurso que justifica todo y cuestiona nada.

Aciertos convertidos en dogma

La educación y la salud, presentadas como símbolos de justicia social, dejaron de ser derechos perfectibles para convertirse en argumentos morales absolutos. Cualquier crítica al modelo económico o político pasó a ser deslegitimada bajo una fórmula repetida: “sin la Revolución no existirían estos logros”. Así, el debate quedó reducido a una falsa dicotomía entre apoyar al sistema o “querer destruirlo”.

Este mecanismo permitió algo clave: confundir el Estado con la Revolución y la Revolución con el país. Criticar al gobierno se volvió, discursivamente, criticar a la nación.

El doble discurso de la igualdad

Mientras el discurso oficial insistía en la eliminación de las élites y la burguesía, en la práctica se consolidó una nueva clase dirigente. Altos cargos del Partido, las Fuerzas Armadas y conglomerados empresariales estatales concentraron poder político y económico, con acceso privilegiado a divisas, bienes y oportunidades vedadas a la mayoría.

La igualdad dejó de ser un objetivo real y pasó a ser una consigna funcional: se proclamaba hacia abajo mientras se negaba hacia arriba. El resultado fue un sistema donde la desigualdad no desapareció, sino que se volvió menos visible y menos cuestionable.

Logros sociales como escudo internacional

En el plano externo, los aciertos sociales sirvieron como escudo diplomático. Cuba logró posicionarse como “excepción moral” en América Latina: un país pobre pero digno, austero pero justo. Esto permitió minimizar denuncias sobre represión, falta de libertades y fracaso económico, bajo el argumento de que “al menos” se garantizaban derechos básicos.

El mensaje fue eficaz: los fines justificaban los medios, y cualquier señalamiento crítico podía ser descartado como ideológico, imperialista o malintencionado.

Blindaje interno: el miedo a perder lo poco seguro

En lo interno, el discurso de los logros operó también como una forma de control social. En un contexto de escasez permanente, el Estado se presentó como único garante de lo básico, generando una relación de dependencia: cuestionar al sistema implicaba arriesgar lo poco que se tenía.

Así, los aciertos iniciales ayudaron a construir un pacto implícito: seguridad mínima a cambio de silencio político.

El balance final

Más de seis décadas después, los logros siguen siendo invocados, pero ya no alcanzan para ocultar una realidad marcada por salarios de pobreza, deterioro institucional y migración masiva. Aquello que nació como justicia social terminó funcionando como coartada ideológica para la concentración del poder.

El balance histórico es difícil de esquivar: Fidel Castro ganó la Revolución, pero perdió el país. Consolidó el poder y sostuvo un relato eficaz, pero no logró construir una nación próspera, sostenible y abierta para las generaciones que le sucedieron. Los mismos aciertos que le dieron legitimidad al proyecto terminaron siendo utilizados para impedir su corrección, convirtiéndose —paradójicamente— en el principal obstáculo para el cambio.

 

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Rituales en el Congreso de Baja California reavivan debate sobre el Estado laico

La reciente realización de un rito ancestral dentro de las instalaciones del Congreso de Baja California ha generado una fuerte polémica y reabre un debate fundamental: la separación entre religión, tradiciones espirituales y la función pública.

Si bien las expresiones culturales y religiosas merecen respeto y reconocimiento, los espacios legislativos no son el lugar para ceremonias espirituales, independientemente de su origen o intención. El Congreso representa a una sociedad plural, diversa y con múltiples creencias, por lo que mezclar rituales con funciones políticas vulnera el principio del Estado laico, consagrado en la Constitución mexicana.

La labor de los legisladores debe centrarse en crear leyes, debatir políticas públicas y atender las necesidades reales de la ciudadanía, no en promover o permitir actos simbólicos que pertenecen al ámbito personal o comunitario. Cuando estas prácticas se realizan en recintos oficiales, se envía un mensaje equivocado y se desdibuja el papel institucional que deben asumir quienes gobiernan.

Respetar las tradiciones no significa trasladarlas a espacios donde deben prevalecer la neutralidad, la razón y el interés público. Los representantes populares deben ser conscientes de su responsabilidad y mantener la política en su lugar: al servicio de todos, sin creencias impuestas ni espectáculos innecesarios..

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Eduardo Ramírez participa en reunión encabezada por la presidenta Claudia Sheinbaum

- Se analizaron temas prioritarios en materia de seguridad, salud, educación e infraestructura

El gobernador Eduardo Ramírez Aguilar participó en una reunión de trabajo encabezada por la presidenta de México, Claudia Sheinbaum Pardo, en Palacio Nacional, donde se analizaron temas prioritarios en materia de seguridad, salud, educación e infraestructura.
Tras el encuentro, en el que también estuvieron presentes gobernadoras, gobernadores e integrantes del gabinete federal, el mandatario agradeció a la presidenta el respaldo que brinda al estado mediante acciones y programas orientados a fortalecer el bienestar, el desarrollo y la prosperidad del pueblo. “¡Con su apoyo, estamos transformando a Chiapas!”, manifestó.
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