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La muerte del Jaguar

10 Mayo, 2017

Una mañana de cielo con azul intenso, metálico, en la ciudad de Colotlán, Norte de Jalisco, mientras me disponía a llevar a cabo lo que los antropólogos nombramos “trabajo de campo”, recibí una llamada de mi amigo José María Morales quien me indicaba que el Gobernador del Estado, Pablo Salazar Mendiguchía, requería de un texto.

Se trataba de que escribiera un esbozo de lo que significaba el jaguar en las culturas de Chiapas. Urgía el texto porque al siguiente día, 27 de junio de 2002, el Gobernador lanzaría la noticia del establecimiento de un equipo de futbol de Primera División en Chiapas que llevaría el nombre de “Jaguares”.

No valieron las explicaciones que esgrimí ante Chemita Morales: el texto debería estar, a más tardar, para la noche de ese día, 26 de junio. En aquel año, la Universidad de Guadalajara recién había abierto el Campus Universitario del Norte (CUNORTE) destinado a dar servicio a una población regional que incluye a los jóvenes del Norte de Jalisco, a los jóvenes del pueblo Huichol y a la población juvenil del sur oeste de Zacatecas, que demandan educación universitaria.

El CUNORTE apenas se iniciaba en un edificio que pertenecía a la preparatoria de Colotlán (en Jalisco todas las preparatorias son parte de la Universidad de Guadalajara), en donde se había instalado la Coordinación del nuevo Campus que aún no adquiría el rango de Rectoría. Para mi fortuna, esas oficinas contaban con algunas computadoras recién adquiridas además de que quien estaba al frente del nuevo Campus era un amigo añejo, Cándido González Pérez, quien, raudo y veloz, me permitió instalarme en su oficina para que redactara el texto y lo enviara a través de la maravilla del internet.

 

No he podido encontrar el texto porque seguramente quedó en la computadora de la U de G, pero recuerdo que, en un esfuerzo de memoria, señalé la importancia del jaguar para las mayas y aún, para los zoques, no sólo en la antigüedad sino en nuestros días.

Pulí y pulí ese texto pensando en la importancia que tendría para la sociedad en Chiapas el nuevo equipo de futbol. Sólo dos años antes, en el 2000, había publicado mi libro Lo Sagrado del Rebaño, que abría en la antropología de México, los análisis sobre la importancia cultural y social del futbol.

Recuerdo que obsequié a Pablo Salazar un ejemplar de ese libro justo el mismo año que se editó. El Gobernador de Chiapas, todos lo sabían, era un apasionado seguidor de las Chivas Rayadas, y no dudé que leería el libro con interés.

Cuando, por diferentes razones, me trasladé de Jalisco a Chiapas en el año 2003, tuve la oportunidad de unirme al grupo que discutía el desempeño del equipo Jaguares y actuaba, de hecho, como la Directiva del mismo. En 2004, los Jaguares de Chiapas tuvieron su mejor temporada, entrenados por José Luís Trejo.

Nos reuníamos todos los martes por la noche, el Gobernador Pablo Salazar incluido, para analizar la marcha del equipo y discutir con el entrenador las tácticas, las nuevas contrataciones, entre las que recuerdo la de Salvador Cabañas además de los jugadores brasileños, que hicieron del equipo un conjunto extraordinario.

Era un placer ver jugar a los Jaguares, con un ritmo espléndido, una coordinación casi perfecta, un equipo sincronizado, rápido y con capacidad para introducir el esférico en la portería del rival, además de llenar el estadio. ¡Como celebramos cada gol jaguar! en el entrañable estadio Zoque Victor Manuel Reyna, un personaje también entrañable que fue nuestro profesor de educación física en aquella Tuxtla Gutiérrez de los años 1950-1960.

La temporada 2004 terminó para los jaguares con 17 partidos invicto de 18 posibles, 42 puntos de 57 a obtener, 12 victorias, 6 empates y una sola derrota ante el Toluca, con marcador de 2 a 1.

En su momento, escribí sobre la importancia del equipo Jaguares para una sociedad fragmentada como la de Chiapas, dividida históricamente entre otros factores, por las conflictivas relaciones entre ladinos e indígenas, lo que explotó con la rebelión del EZLN, con el estigma que recorrió todo el mundo al difundirse la imagen de que en Chiapas solo había ganaderos que explotaban a los pueblos indios, simplificándose la compleja situación de la variedad cultural y social chiapaneca.

Recuerdo el primer juego de los Jaguares en el Estadio Víctor Manuel Reyna, nada menos que contra las Chivas Rayadas en las que jugaba Omar Bravo (por cierto, el primero en anotar gol en el Víctor Manuel Reyna), la emoción impresionante del público al entonarse el Himno a Chiapas, que resonó en el estadio como un canto de identidad que devolvía la esperanza a los chiapanecos.

A lo largo de los años, el equipo y los aficionados fueron labrando un sentimiento de identificación, hasta que llegó la noche del 6 de mayo de 2017 en que el Jaguar murió dando un último rugido al vencer al Atlas en su casa, en el mítico Estadio Jalisco, por 1 a 0.

En forma por demás simbólica, es la misma noche en que el boxeo mostró una de sus caras más siniestras, anunciando el dominio de la simulación en lo que es un gran negocio: el deporte como espectáculo. El futbol no es la excepción. Las cantidades inverosímiles de dinero que están en juego son las que dictan los resultados y las decisiones de quienes controlan a este espectáculo mundial de masas.

La muerte del Jaguar se había anunciado, en ese contexto, desde por lo menos el 20 de mayo de 2013, y finalmente llegó. Mientras tanto, la sociedad en Chiapas continúa fragmentada, las causas que dieron origen al conflicto con el EZLN aún permanecen mientras nuevos y complejos problemas asoman en el horizonte.

 

(Ajijic, Ribera del Lago de Chapala, a 7 de mayo de 2017)

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Reforestar, llamado del diputado Pérez Moreno

En el marco del Día Mundial del Medio Ambiente, el Diputado por el V distrito Hugo Pérez Moreno, en compañía de familias sancristobalenses sembró árboles frutales en la comunidad El Corralito, donde hizo entrega a través de gestiones ante la Comisión Nacional Forestal CONAFOR Chiapas, de 500 plantas de Níspero a habitantes de la zona quienes participaron y agradecieron esta acción que promueve y beneficia a la población.

El Diputado por la LXVI Legislatura, Hugo Pérez, dio a conocer que este 5 de junio se celebra el Día Mundial del Medio Ambiente, y que esta conmemoración busca impulsar la sensibilización y acción por su cuidado en todo el mundo.

Señaló que pequeñas acciones como separar la basura, reciclar materiales, reforestar, mantener limpio el entorno y, sobre todo, educar a las futuras generaciones para ser ambientalmente responsables, podrían hacer la diferencia y así lograr un mejor Medio Ambiente y lugar para vivir.

Además, dijo, que esta reforestación es con fines de concienciar a toda la población, pues ya no es posible seguir abonando en mal el deterioro del planeta, por lo que acciones como estas deben de continuar, para reforestar muchos puntos del Estado, porque sin árboles es mucho más el efecto climatológico.

 

Para finalizar, Pérez Moreno  exhortó a los habitantes a unirse a la reforestación, a cuidar de las áreas verdes, respetar la flora, y también perseverar la fauna y así evitar que más especies sigan extinguiéndose, ya que cada uno de los seres vivos embellece el Medio Ambiente.

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¡Nació muerta!

Desde muy temprano de éste 7 de junio, todos hablan de “libertad de expresión”; claro, es la fecha que en México se festeja ése derecho universal. Sí, 
es un derecho fundamental de todo ser humano, cuyo espíritu ha sido plasmado en la constitución de la mayoría de los países del mundo, principalmente aquellos donde los principios democráticos rigen la vida de sus ciudadanos. 

Ese derecho, desde luego, tiene sus limitaciones naturales. No trasgredir el derecho de terceros, esa una de éstas. Sobre esa base elemental, cualquier ciudadano librepensante, tiene además del derecho, la obligación de emitir opiniones acerca de lo que le afecta o beneficia, debiéndolo hacer con respeto, honestidad, firmeza, responsabilidad y libertad.

En México, la libertad de expresión se ciñe a los medios de comunicación y periodistas; ello ha sido determinante para que la relación prensa-gobierno, sea tirante desde hace muchas décadas.

Durante muchos años, los crímenes de Estado (asesinatos, secuestros, persecuciones, encarcelamientos) contra periodistas, fueros sistemáticos y, como suele suceder en las “dictaduras perfectas” como calificó al régimen mexicano el escritor Mario Vargas Llosa, el estado nunca ha admitido su responsabilidad y jamás encarceló a los criminales. 

Aunque los gobernantes recientes han sido poco más tolerantes a la crítica respecto a sus funciones y efectos, siguen fallando en su obligación de garantizar la libertad de expresión. Grupos de poder fáctico son los que ahora asesinan periodistas en todo el país. Son hordas criminales que actúan bajo la complacencia de presidentes y gobernadores, cuya complicidad se configura desde el momento en que minimizan cada muerte, cada secuestro, cada atentado. 

En ese contexto, es difícil hablar de “libertad de expresión”. Tal “libertad” es meramente quimérica. Porque no solo el crimen organizado se ha propuesto acallar a la prensa, sino grupos y organizaciones de toda índole, tendencia e ideología, ha buscado mediante muchas formas, acotar el derecho a informar y opinar.

Por mucho, son a veces, las minorías las que imponen silencios bajo pretextos que confinan la libertad de expresión a tendencias pasajeras o caprichos sostenidos solamente con el alfiler de la ignominia cuando no, por la fuerza de turbas rabiosas que recurren a estatutos complacientes que no garantizan nada a nadie.

Desde esa perspectiva, la libertad de expresión como práctica cotidiana para el fortalecimiento de la pluralidad y el respeto mutuo, es nula. Existe solo para días como hoy en el que los elogios a la prensa se sobresaturan, aunque en el fondo, sea ésta, el objetivo a destruir.

Bajo esa misma perspectiva, la autocensura ha suplido a la represión institucional. Muchos temas que deberían abordarse con libertad para alcanzar un sano equilibrio entre todos los sectores sociales, deben guardarse —quizá para siempre— ante el temor de zaherir, no susceptibilidades ni reductos morales, sino intereses que van mucho muy lejos del deseo común de construir una sociedad verdaderamente progresista.

Hoy es imposible criticar a la derecha o la izquierda; no se puede señalar los yerros sindicales, ni los abusos de organizaciones diversas, a no ser que se esté dispuesto a recibir insultos, amenazas, empellones, golpes… Ante ello y ellos, es preferible callar, lo cual no es idóneo para un país que necesita de un periodismo comprometido y responsable.

En honor a la verdad, también el periodismo ha cometido sus pecados. Sería insensato no admitir que atravesamos por una severa crisis de credibilidad. Lo he dicho otras veces y lo repito: ello se deriva de los intereses de los dueños de los medios de comunicación. El reportero, el fotógrafo, el camarógrafo, el editorialista, el caricaturista, el columnista, el corresponsal, el conductor de noticieros, en fin, todos hacen su chamba a conciencia, pero el dueño del medio decide que publicar y que no.

Por otro lado, como periodistas, no hemos defendido nuestro espacio; hoy, cualquiera que posee un celular con cámara, ya se siente periodista. Y son muchos de éstos los que chantajean, los que extorsionan y sobre los verdaderos periodistas recaen epítetos como “chayoteros”, “vendidos”, etc., etc. 

Y cuando a éstos (los chantajistas y extorsionadores) se les imponen correctivos, muchos colegas corren a defenderlos para convertirlos en “mártires” de la represión gubernamental. Hay verdaderos periodistas que han sufrido abusos en el ejercicio de su profesión, pero hay quienes deberían ser severamente sancionados por usurpación profesional y otros delitos que denigran al periodismo.

En síntesis, la libertad de expresión es nuestra más grande utopía. Si somos objetivos, quizá debamos aceptar que si ésta existiere, se ha convertido en excesiva y muchas veces abusiva. En ese uso, observemos el argumento discursivo de quienes son sujeto de críticas. Pero también autoanalicemos el tono y sentido de nuestra critica.
Por tanto, no hay nada que festejar. Por el contrario, deberíamos solamente rememorar el día que la “libertad de expresión”, ¡nació muerta! 

 

 

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